martes, 15 de julio de 2008

+ así fue como pasó (II) +

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En medio de una vereda desolada bajo una lluvia aparentemente incesable ella profería palabras que él no lograba entender. Completamente empapados al frente del acostumbrado café en plena madrugada, él por fin logró abrir el paraguas. Abrió uno de los lados de su casaca para cubrir la espalda de ella a medida que huían del agua. Ella intentaba decirle algo pero el fuerte sonido de las gotas chocar contra el asfalto y la lucha agitada contra el frío ensordecían a un distraído chico que tan sólo intentaba cogerle la mano. Corriendo cada vez más rápido y en pasos un tanto descoordinados bajo un mismo paraguas, él le insistía a ella que hablara más alto. Los labios de ella se movían sin sonido alguno. Él insistía. El frío le congelaba las manos y casi no sentía sus piernas correr. La miraba sonreír y hablar palabras mudas: el rostro empapado, la mirada iluminada.

Sin saber lo que le decía él también le sonrió. Pensó que solo bastaba la sonrisa de su mejor amiga como para sentir dentro de su pecho, alguito de calor. Nada mejor que esto, no. De pronto al voltear el rostro, justo en el momento en que cruzaban una pista aparentemente abandonada, un carro se detiene de golpe frente a ambos y él, ante el impacto, salió volando como muñeco de trapo por los cielos. Todo perdió sonido y todo alrededor parecía desvanecer. Pudo entender entonces, lo que ella le había querido decir. ¿No lo recuerdas?, le decía cuando corrían. Ahora lo recordaba mejor. Y nota que la sonrisa de aquella niña que corría a su lado es la misma sonrisa cautivante que ella tiene ahora, como mujer. Inmovilizado, sonríe con dolor. Tal vez pensó que debió ser más sincero…tal vez pensó que ante tanta pantomima, bajo la lluvia, tan solo debió robarle un beso.
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lunes, 14 de julio de 2008

+ así fue como pasó (I) +

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Ella se sujetaba el cabello para que él pudiera recorrerle el cuello con sus labios mejor. Cerraba los ojos y le decía que no se detuviera, que siguiera, que siguiera...Le mordía la oreja mientras él acariciaba una espalda de protuberante final. Maldito sea ese tipo, pensaba. No podía dejarlos de imaginar. Él sobre ella, ella sobre él...Salimos del cine y ella comenzó con el blah blah de que era tarde, que la iban a castigar, que aún seguía en el colegio y que mañana tenía trabajo grupal, etc, etc. Le derramé mi gaseosa sobre su pecho. Perdon, le dije. Quise que pareciera accidental. Ella me miró con dureza y no me dijo palabra. Sabía que la estaba pasando mal. Sabía que quería deshacerse de mí pero no me importó. No soy su muñeco de trapo, me dije. No, no lo soy. Me convencí.


Me dijo que se sentía avergonzado, que quería compensarme invitándome a comer algo especial. En realidad quería irme lo más pronto posible pero como tenía hambre acepté la invitación. Sentía frío en el pecho. Él lo notó, pero no me dio su casaca ni me abrazó. Que idiota, pensé. Aún no entendía porqué había salido con él. Por momentos era complaciente, por otros, no.


Fuimos a un local de comida rápida. Entramos. Una vez sentados y en silencio, su celular sonó. Era el tipo. Lo supe por su mirada y por el tono de su voz.


Traté de responderle lo más breve posible para que no sospechara. Recuerdo que me miraba demasiado. Intentaba evadir sus ojos pero era inútil. Estaba por doquier. Colgué. Le sonreí y le dije si ya nos podíamos ir. Ya no tengo hambre, le dije. Yo sí, me respondío.


Le dije que era una consentida. Luego de un silencio, ella empezó a decir tonterías sobre nuestra diferencia de edades...que si yo era tan mayor por qué no mostraba un poco de seriedad y cosas por el estilo. Me decía cosas a las que ya no prestaba atención. Blah blah blah hasta que su celular sonó una vez más. Una sensación caliente recorrió mi garganta. Antes de que contestara,

me clavó con la mirada y me dijo:

.

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.

Él no estaba bromeando. Lo decía en serio.

Ella contestó e hizo lo que le dije.

Hice lo que me dijo. Me seguía mirando y sentí miedo.

Fui un idiota pero no quise pedirle perdón.

Me dijo que pidiera algo de comer.

Sus manos temblaban y me dijo que no.

Quise que se fuera pero se sentó a mi lado.

Quería decirle lo mucho que me gustaba pero me callé.

Me susurró perdón al oído una y otra vez .

Ella me apartó.

Él se alejó.

Le dije que era una engreída, que si quería irse que se fuera.

Me dijo "¡entonces, vete!"

Y ella empezó a llorar.

Y en realidad, no quería irme.

Quería que se quedara.

Y ella no se fue...

Y él me abrazó...

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jueves, 10 de julio de 2008

+ eterno resplandor +

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Está lloviendo y no se molesta en llevar el paraguas. Llora descontroladamente y se dirige a una cabina telefónica a meter unas cuantas monedas por entre una desgastada ranura. Las uñas sucias de dedos temblorosos le hacen recordar el estado patético en el que se encuentra. No le interesa. Se limpia la congestionada nariz con la manga de su casaca. Red ocupada. Sale de la cabina y la lluvia lo baña como si estuviera perdido dentro de una ducha sin techo y cortinas. Empieza a trotar. Las botas salpican charcos de suciedad a la gente que camina cautelosamente a su alrededor. Lo maldicen. Loco, dicen algunos. Demente, le gritan por detrás. De pronto la casaca le empieza a pesar. Siente que es peso muerto, así que corriendo, se deshace de ella y siente como las gotas lo empapan de frialdad. Se detiene. Llega al cruce de las cuatro avenidas. Los autos avanzan indiferentes y los semáforos no dejan de parpadear colores que a duras penas logra distinguir. Estás perdiendo la vista, amor mío. ¿Por qué no te detienes? No la encontrarás. El pecho agitado le recuerda la existencia de un corazón que creía extraviado. Bombea, bombea. ¿Cuánto más hace falta para que pueda estallar?

Clemencia,
piedad.
Clementine...
Clementine...