viernes, 25 de enero de 2008

+ trece once cero siete +

...


Y como por ahí dicen, la gente gritó más fuerte que lo gritado alguna vez dentro de un estadio de fútbol. Y el sudor de miles de personas se entretejió en un hedor comunal que estuvo lejos de ser desagradable. Los cuerpos se rozaban y se balanceaban a los lados al compás de los sonidos y la perdición mental: el poder volar estando de pie, el cerrar los ojos en medio de un éxtasis musical... Escuchar la voz viva retumbando en los oídos ya no parecía una mentira sino más bien una completa realidad. Palpable con los sentidos: como azúcar en la lengua o como sumergirse en la profundidad del mar. Y pareciera que las ondas distorsionan la materia que conforma la corporalidad: ese extraño desdoblar. Casi como si la profundidad marina me convirtiera en un reflejo de movimiento pendular. VOLTA. El corazón bombea como el sonido de un bombo de nunca acabar. Energía viva como la de un reción nacido. Pupilas dilatadas. Ese sentimiento no de fanatismo, sino de una vivencia real. El sentir especial. Ese sentir y el de muchos otros cantando al unísono de una voz particular. Los sonidos y el sentimiento de pertenencia. No se puede pedir más. Eso parece.

Pero yo pido más.